ODA A LA VEJEZ
Estaba parada enfrente de ellos. Sí ellos, aquel grupo de veteranos, hablando de sus vivencias, teorías, filosofías y posturas.
Aquellas cabezas blancas, calvas, arrugadas, llenas de venas y lunares…
Los vi allí, cavilando, meciéndose entre copas de vino, entre tintos, meditando.
Y pensé que las canas son un regalo, el regalo de haber vivido, y no estar más en la incertidumbre de ser nuevo.
El regalo de pensar, y pensar, pensar a través de los años. Amar, sonreír por décadas, inundar de letras.
Pensé que era lo justo, y además las canas se ganan. Se obtienen, se luchan y algunas veces se resisten, pero aparecen.
Estaban allí aquellos sabios sauces, como borregos esparcidos entre mesas, fumando algunos, un purillo de humo fatuo, y brindando a la luz, alzando copas entre aplausos.
Yo los veía, los veía, veía… vi mi piel morena acanelada, mi ropa cómoda y ajustada, mi cabello oscuro, espeso.
Y entonces vi un rico fruto en un árbol costeño, abalanzarse por verde con el viento, y los demás caídos quizás hasta cortados, porque el tiempo así lo quiso, porque ese fruto ya fue regalado, ya fue dado, entregado a su destino. Vida a la vida.
Y allí estaba yo, viendo aquellos hombres compartir sus danzas, sus arrugas y sus penas… escalones de la vida… conocimiento a lo venidero.
Gabriela Grajeda

